viernes, 31 de julio de 2015

Hada en la Estación

Desde que entré a trabajar, todos los días viajo en metrobus durante mas o menos 3 horas al día. Como buena artista visual, sobre todo fotógrafa, durante los largos trayectos entre gente apachurrada y sudorosa, mis ojos se dan a la tarea de observar y atrapar en las telarañas de mi cabeza cada escencia de lo que logran captar entre pestañeos y bostezos. Todos los días me quedo convidada a escribir sobre las anecdotas que vivo durante mi recorrido, como, de la viejita loca de la paloma, de la mujer de nariz pequeña y grandes ojos azules, del chico apuesto en la sección de mujeres, del policía que a regañadientes me dejó entrar sin pagar mi pasaje o de los irritantes muchachitos que hablaban en voz alta una especie de "spanglish", pero nunca con tanta ansia como ayer. Y esque ayer, ayer conocí un hada.


Era casi como las que son descritas en cuentos, pero mas palpable, mas real y mas bonita, fué una serendipia tan sublime... Puedo jurar que tras ese disfraz de gente común, debajo de ese vestidito floreado, holgado y fresco hasta el muslo, un poco encima de la rodilla y ese sweatersillo negro, se econdían un par de hermosas alas aplastadas e incómodas por los empujones de los humanos que viajábamos en esa concurrida limusine roja.

Pero ¿Cómo supe que era un hada? bueno.. habrían de estar ahí para darse cuenta de lo obvio que era, era una hermosa muchachita que aparentaba unos 25 años de edad, con piel blanca, tersa y luminosa, su estatura alcanzaría a duras penas los 1.50, y mira que ser mas bajita que yo... es mucho. Tenía un largo cabello castaño, rizado y alborotado, como quien antes de subirse al metrobús, voló sobre la ciudad por horas, su constitución era justo la de un hada, de hombros muy delgados y femeninos, pequeñísima cintura, cadera delgada pero bien torneada, gluteos firmes y levantados, pero pequeñitos, muy a doc con su entero cuerpesillo, unas hermosas piernas blancas, lisas y torneadas, como de bailarina de ballet, unos piesesitos pequeños, delgados y largos, cubiertos por unos "flats" negros, que casi le quedaban como pintados y una fresca fragancia natural a hierbas, pero lo que me da tanta certeza en mi aseveracion sobre su origen faérico, es su carita. Tan simétrica, tan pálida, tan delgada, con unos gigantes ojos marrón claro adornados por unas descomunales pestañas chinas castañas y enmarcados por unas cejas pobladas pero bien delineadas, mas bien delgaduchas y curbas que le daban un efímero aire de nostalgia, una naricilla respingada, pómulos delineados acompañados un poco mas atrás por unas enormes orejas pegadas que casi querían sobresalir de entre sus cabellos, aún pareciendo su abundante melena una selva impenetrable, un labio superior delgado, que bien podría funcionar de molde para hacer la parte de arriba de un corazon y un labio inferior gordito y rojo, tanto como el de arriba.

La observé tanto y tan detenidamente, memoricé todos sus rasgos tan la la perfección, que temí que se sintiera acosada, o que alguno de los otros pasajeros me mirara acusadoramente como si tuviera yo una fatal atracción sexual por ese místico ser, pero por mas que quería apartar la vista, ella tenía una clase de imán que me atrapaba, era como si en silencio y con la mente, me estubiera rogando que la admirara mas. . . Se bajó una estación antes que yo, en De la Salle, caminó lentamente hasta el cruce peatonal y se quedó parada mientras todos los demás cruzaban hacia revolución, esperó y esperó mientras mis ojos se deleitaban unos minutos mas, cuando mi metrobus avanzó, ella lo hizo también... Casi podría jurar que lo hizo a porpósito para que la mirara un poco mas, aguantó a que yo me marchara para marcharse ella también, justo hasta el punto en que no la pude ver mas.

Quizá, al doblar la esquina, se escondió tras un carro, desplegó sus alas y se volvió a las páginas del cuento donde salió...