Quiero agradecerte los momentos, tus palabras siempre sabias y justas en tiempo, tu incansable alegría y lo mucho que dejaste en todos nosotros con tu ligerísima personalidad.
Quiero también pedirte una disculpa, quizá fuera de tiempo, pero necesaria, por no haber aprovechado todos los momentos que pude para absorber un poquito de tu esencia de gente buena, porque desgraciadamente no tuve manera de saber que el haberme ausentado en la reunión de hace tres semanas, me robaría la última oportunidad de verte, de abrazarte, de estar contigo y que la vida entera no me será suficiente para perdonarme ése error.
Admito, sin miedo ni vergüenza alguna, que de todos mis tíos-abuelos, siempre fuiste al que consideré mejor y al que más quise y del que siempre mejores recuerdos tendré.
Descansa, tío, y vuela alto, muy alto, tan alto que el viento traiga a mis oídos un susurro de sapiencia de tu boca, cada noche del resto de mi estadía en éste ciclo terrenal.
Gracias.