domingo, 24 de septiembre de 2017

México Chingón

El 19 de septiembre, pasadas las 13:00 horas, justo a 32 años del terremoto del 1985, mi hermosa ciudad de México, fue sacudida sin piedad por nuestro planeta tierra que no perdona nuestra humana negligencia. Aquél día estaba en casa con mi madre cuando de pronto empecé a sentir un ligero movimiento que en cuestión de un segundo o menos, se convirtió en un vibrar intenso, de las experiencias mas aterradoras que he tenido en mi vida, inmediatamente mi madre salió de la habitación donde se encontraba y se dirigió al marco de la puerta temblando en un ataque de pánico intenso y gritándome fuertemente que nos saliéramos.

Llegó el punto en el que dejé de escuchar sus palabras y los crujidos del edificio, su voz y las cosas golpeando el suelo, quebrándose, chocando entre sí, se convirtieron en una especie de voz en off, todo lo que veía se movía en cámara lenta y solo podía pensar en mi Leo, que a sus 3 años estuviera viviendo el mismo terror, no era justo. Vi como el filtro de agua de mi casa se caía en ralentí y quise detenerlo pero el temblor en el piso no me dejaban moverme, y finalmente cayó haciendo un estruendo enorme y regando el piso de mi comedor con casi 20 litros de agua.

Ésto me hizo finalmente volver en mi y recordé a mis gatitas, mis gordas, no iba a bajar sin ellas a pesar de que mi madre siguiera gritando histérica aferrada al marco de la puerta, regresé por ellas quienes se encontraban bajo la cama muertas de miedo y agresivas, como nunca han sido, para cuando logré ponerlas en la transportadora, el caos había cesado.

Inmediatamente traté de comunicarme con mi hijo quien se encontraba con su padre, fue cuando caí en cuenta de que no había luz ni señal y que me quedaba el 3% de batería en el celular. Tras varios intentos pude comunicarme con él y con mi familia por medio de datos móviles y por fin bajé a la puerta de mi edificio, cuando mi portera, María, me recibió con la noticia de que muchos lugares se estaban derrumbando por mi casa. Salí corriendo desesperada a buscar un kinder que me comentó caído, pero por desgracia, quedaba lejos, muy lejos de mi casa.

Después de un tiempito de recorrer las calles, viendo gente desesperada, miradas desencajadas y vacías, caras llenas de tristeza y lágrimas, gente y animales con heridas por cristales que se rompieron y ya sin batería, por fin rompí en llanto, porque cuando todo lo que conoces y lo que amas, se ve tan afectado, destruido, deshecho, lo único que te queda es llorar un poco, secarte la cara y decidir ¿Qué y cómo lo vas a hacer?

Regresé a mi departamento y corrí por mi cargador para auto y conecté mi celular, ahí me enteré del derrumbe de Laredo y Ámsterdam en la colonia Hipódromo-Condesa por una publicación de mi hermano Fernando y me dirigí a ese punto de la ciudad, mi madre quiso acompañarme por lo que mi trayecto fue de mas de una hora.

Llegando a la calle de Ámsterdam, me llevé la ingrata sorpresa de que había más de un edificios caídos, aún en éste punto, no sabía la magnitud de destrucción a la que nos estábamos enfrentando.

Cuando llegué a la esquina que está casi con Laredo, me uní a una de dos filas que había ya formadas dejando un pasillo en el medio, pregunté que qué esperábamos y me comentaron que íbamos a recibir cascajo, cada cierto tiempo todos levantaban un puño para indicar que estaban tratando de escuchar gente viva bajo los escombros y la calle quedaba en un silencio respetuoso y casi sepulcral, sin embargo, yo no quería recibir cascajo, yo quería ayudar mas, me colé entre los autos sobre la calle, esquivando cintas de peligro y gente vestida de militares impidiendo el paso, así llegué hasta la línea de derrumbe dónde le pregunté a un joven con megáfono en qué podía ayudar, entonces me proporcionó equipo, un chaleco, un casco, unas botas enormes, unos guantes de carnaza y un tapabocas blanco. Me pidió mi nombre completo, el número de algún conocido a quien comunicarse en caso de emergencia y mi tipo de sangre, lo escribió en un bloc que tenía junto con un montón de equipo y procedió a escribir lo mismo en mi antebrazo izquierdo con plumón indeleble, asignándome el número #37 en grande sobre mi nombre. Procedió a pedirme que pasara atrás de un montacargas estacionado justo en la línea de derrumbe donde había una chica con guantes de látex blanco y un cubre bocas azul que me puso una vacuna aclarándome que era contra el tétanos por si me cortaba con algún metal oxidado.

Mi primera tarea fue organizar todos los recursos que estaban llegando, botes, palas, picos, lámparas, cascos, chalecos, guantes, cubre bocas, aguas, carretas, carritos de supermercado, sueros y comida, cuando inició el movimiento de cascajo, se me pidió que formara parte de una cadena de mujeres que íbamos desde el boulevard hasta la construcción donde se encontraban los "topos" para hacerles llegar las botellas chicas de suero.

Una hora mas tarde me dieron un pico para ayudar a trozar los pedazos grandes de concreto y poder empezar a meterlos en botes para sacar el cascajo, mi labor duró poco menos de 5 minutos ya que empezaron a dolerme las muñecas y decidí delegar ésta responsabilidad a una persona con mas fuerza, así que me pusieron en cadena con muchas otras personas para empezar a pasar los botes con cascajo.

En varias ocasiones pasaron personas ofreciéndonos comida, yo solo tomé un paquete con 3 galletas que guardé en la bolsa de mi pantalón para mas tarde. También, cada cierto tiempo, la chica que me puso la inyección contra el tétanos, se acercaba a cada uno para ver como nos encontrábamos y ponernos gotas en los ojos para evitar daño por el polvo, iba sacando a gente que ella consideraba demasiado agotados para ayudar.

Ya cerca de las 18:00 cuando mis brazos no podían más y dejaban caer torpemente pedazos de concreto que raspaban mis antebrazos, cuando mis hombros se encontraban tensos y adoloridos, la parte baja de mi espalda punzaba aguda recordándome que llevaba demasiadas horas cargando concreto y mi cara me delataba, se acercó la misma chica y me dijo que ya no me veía muy bien, que descansara, inmediatamente le dije que me encontraba en perfectas condiciones, que quería ayudar a lo que me respondió "Mami, vas a ayudar mucho mas si te tomas un tiempo para recuperarte, si te nos desmayas aquí, te vas a convertir en una carga, por favor salte de la fila". Me retiré resignada como a quien obligan a hacer algo que no desea tras la pesada mirada acusadora de la gente que se encontraba junto a mi en la fila y me quedé parada sin saber a donde moverme ni que hacer hasta que un señor me dijo que ayudara a organizar las filas de personas para moverlas a otro lado ya que mientras trabajábamos se había caído otro edificio en una calle perpendicular a la esquina donde nos encontrábamos y había una fuga de gas muy grande en otra, estábamos rodeados, así que poco a poco fui pasando la voz para que toda la gente se moviera hacia el boulevard para seguir sacando el cascajo.

Cerca de las 19:00 decidí que el cansancio me había llevado al final de mi jornada aquél día así que devolví casi todo el equipo (me llevé los guantes por accidente) y me encaminé a mi casa en un trayecto que me llevó poco mas de 40 minutos. Iba en completo silencio, sin ver nada mas que el piso de concreto frío, sin escuchar nada mas que mis pasos, pensando como aquellos edificios que se habían erguido orgullosos de su vejez durante tantos años, como volcanes duros e indestructibles, se reducían ahora a un montón de basura y polvo. La insignificancia de la vida humana y sus creaciones. Tratando de inmortalizar en mi memoria las cubetas que de pronto traían un pedazo de cortina, la pata de una silla, un pedazo de fotografía, pedazos de vida que accidentalmente se habían mezclado con un montón de tierra y cemento seco, pensando en todas esas vidas que se habían visto destruidas, en todas esas adquisiciones que con tanto esfuerzo habían llegado a manos de tanta y tanta gente que hoy no tiene nada.

Llegué a mi casa molida a ver a mi madre y decidida a tomar una ducha que tuve que postergar luego de que me enteré de que un amigo muy querido se había quedado sin luz en su casa ya que el transformador había explotado y caído sobre un carro, por ende tampoco tenía agua, le ofrecí quedarse en mi casa con su primo y aceptó, llegaron, ellos venían de entregar recursos en otro lugar y cerca de las 21:30 nos enteramos de que se necesitaban manos en el edificio que se había derrumbado en Zapata y Petén así que fuimos.

Llegamos al lugar de los hechos y todo era mas o menos lo mismo, nos incorporamos a una fila para pasar cascajo, aquí cuando había que guardar silencio, se levantaban dos manos en lugar de una, pero todo lo demás era muy similar, después de un rato, decidí que ayudaríamos mas si nos acercábamos a la línea de derrumbe y logramos colarnos con ayuda de una chica que nos dio casco, tapabocas y guantes a todos y nos hizo rodear toda al cuadra para llegar arriba de la construcción, ahí estuvimos sacando cascajo un buen rato, los hombres insistían en que las mujeres pasáramos cubetas vacías, pero yo sabía que podía ayudar mas así que me quedé en la fila de hombres.

Pasadas varias horas, decidieron que un gran pedazo de concreto que habían estado quebrando, ya estaba lo suficientemente chico como para arrastrarlo entre varios hombres hasta un camión, y entre esos hombres iba mi amigo Maradán y su primo, después de un rato, me incorporé a este grupo de hombres y movimos ese enorme pedazo de cemento hasta un pinto donde un camión pudiera alejarlo, todos nos aplaudieron durante varios minutos hasta que una vez mas, de arriba de la montaña de escombros, que antes era un edificio, de donde veníamos, llegó la señal de las manos en el aire exigiendo silencio, en ese punto solicitaron hombres con equipo, por lo que me separaron de mis amigos.

Rodeé toda la cuadra como la vez anterior y llegué a la parte de arriba del escombro a sacar gente porque ya iban a empezar con el scanneo, entre varias personas y yo nos llevamos como 40 minutos en poder sacar a todos, entonces regresé y me volví a encontrar con mis amigos, quienes me explicaron que ellos también fueron movidos con el mismo fin, nos dieron órdenes de movernos al edificio de Izazaga y Eje Central ya que se requerían manos.

Llegamos guiados por varias personas y esperamos en silencio a que los perros nos indicaran si habían encontrado vida. Después de una hora, nos decidimos irnos a descansar ya que pasaban de las 4:00 y había sido un día muy largo, unas personas que conocimos en el derrumbe de Izazaga nos hizo favor de llevarnos a Luz Saviñon y Eje Central donde había otro derrumbe, ellos se quedaron a ayudar así que les dimos todo el equipo que nos había sido brindado anteriormente y nos fuimos caminando hasta mi departamento donde llegamos a dormir con la conciencia mas o menos tranquila de saber que hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos.

Los días siguientes ya no pude salir a ayudar ya que mi hijo llegó conmigo, fui a un centro de acopio a ayudar en lo que pude, sin embargo ahí no hay mucho qué hacer.

En varias ocasiones el nudo en la garganta me llenó los ojos de lágrimas rebeldes y amenazantes con brotar hacia mis mejillas, por impotencia, por no poder hacer mas, pero también por orgullo, porque hoy por hoy, se ve la fuerza de México, porque no hay país mas CHINGÓN. No me gusta usar malas palabras en mi escritura, pero lo digo con todas sus letras, México es chingón y su gente es fuerte y por eso nos vamos a levantar y vamos a ser mejores.

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