viernes, 8 de septiembre de 2017

Procastinación

La opacidad nocturna golpea enérgicamente este lugar por ahí de las 19:30 horas, cuando el manto azul de la noche cae sobre los estrechos callejones; que en el día yacen pacíficos dibujando un laberinto en el suelo; y cuando las coloridas construcciones se tornan monocromáticas y todos esos ladrillos viejos y roídos por el tiempo son tenuemente vestidos por destellos amarillos, blancos, verdes y azul, de luz artificial; la gente se activa, es como si un switch oculto en el núcleo de la tierra fuera presionado y la ciudad se pusiera a andar de una manera impetuosa.

La gente que ronda el lugar sabe que llegó la hora diaria de procastinación. Hasta que el sol salga, los deberes se terminan e inicia una fiesta que pareciera eterna. En un alboroto casi coordinado, se observan jóvenes y viejos corriendo acuciosos de llegar al centro de la ciudad o algún bar aledaño, donde el movimiento es aún mas profundo.                      

Millones de voces cantan en el viento, se infiltran en los oídos con ritmos variados, violando el silencio y quietud del resto del mundo, se percibe claramente el olor de las denominadas"garnachas"; dulces y saladas, nadando en un mar de aceite o manteca o mantequilla, alguna grasa que les proporcione su característico crujir.                      

Esto dura hasta que nace el alba, día tras día y la frescura de la noche va quedando en el olvido mas secreto, al día siguiente nadie parece recordar nada, la quietud del pueblo es casi lúgubre, mortal.                      

El paisaje sigue siendo hermoso, la gente invisible se oculta como fantasma tras preciosas construcciones coloniales adecentadas por piezas rectangulares de alguna arcilla de color azafranado pálido, construcciones adornadas con pequeñas ventanitas enmarcadas por madera vieja y empolillada, se asoman por entre la herrería negra y descarapelada, en algunas ocasiones conteniendo a su vez un sin fin de seres vivos que van desde plántulas hasta pequeños árboles y algún gato o una jaula con canarios y su alegre cantar.

El suelo de adoquín queda como testigo de la magia de la gente de aquél lugar, y el profundo raer del piso de una escoba de ramas, hace eco corriendo como una gacela  que llega a nivel del oído invadiendo el mutismo del sitio por cuanta calle y callejón alcancen sus pezuñas raudas.                      

Es en ese punto del día en el que se pueden apreciar los techos de lozas color del sol al atardecer, que se inclinan amenazantes brindando una sombra estrecha a todas las casas y a alguno que otro estrambótico ya levantado a las 9:00 horas.                      

Las labores aquí empiezan no antes de las 10:00, los muros empiezan a inundarse de olores intrusos como pan, tortillas, barnices, madera, perfume de señoras y señoritas y jóvenes apuestos y arreglados que se dirigen a trabajar en horarios siempre cortos, libres casi todos a las 7:00 para correr a la ciudadela a empezar de nuevo con el festejo a la vida, al tiempo que parece congelado en la arquitectura de este sitio.

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